Nuestro Blog

23 ene 2017

Si yo fuera mi propio alumno ¿Aceptaría mis trabajos?

Un texto de opinión que reflexiona acerca de la labor docente, a partir de las evidentes transformaciones de la enseñanza y el aprendizaje.

Estimado maestro, te entiendo, he pasado por donde tú estás, he sufrido lo que tú sufres. A lo largo de 15 años dedicándome a la educación (la gran mayoría de ellos frente a grupo), he logrado acumular algunas experiencias y hacerme de algunos trucos para sobrevivir la labor docente, lo sé, quizá no tengo tantos años de experiencia como tú que me lees, pero créeme, somos hermanos de armas.

Sin importar desde donde me leas, en esta profesión, hay elementos de coincidencia, claro, hay diferencias, pero hoy me centraré en lo que, seguramente, todos hemos padecido. No, no me malinterpretes, este no es un texto de queja y lleno de negatividad, nada más alejado de eso. Este es un texto que si bien busca mencionar algunas vivencias con las que probablemente te identifiques, su objetivo principal es la reflexión de la propia labor y una sincera invitación a la autocrítica.

La educación se transforma día con día, esto genera una serie de cambios que van desde arquitectónicos en las Instituciones, hasta metodológicos. La forma de enseñar se ha ido transformando, pero también la forma de aprender.

Viaja conmigo. ¿Recuerdas cuándo estabas en la escuela? ¿Cuándo tenías que hacer una tarea o investigación? ¿A dónde corrías? ¡A los libros, a las enciclopedias o las Bibliotecas! Quizá viajabas en autobús, camión, colectivo, buseta, micro o guagua (como le llamen en tu país); llegabas a la Biblioteca de tu ciudad y estoy seguro que aun puedes recordar el envolvente silencio que llenaba el lugar y que te alejaba del bullicio de la calle, así como el maravilloso aroma de los libros que ahí se encontraban.

Entonces comenzaba tu aventura:

Te dirigías al fichero a buscar los títulos y anotabas los códigos de identificación de los libros y entonces, cual cazador en safari, te lanzabas a buscar dichos tomos.

Regresabas, cargado de libros, a esas mesas largas de madera donde sacabas tu cuaderno y te disponías a revisar cada uno de los textos que seleccionaste, tomabas notas, autores y toda la bibliografía del libro.

¿Fatigado? Aun no vamos ni a la mitad. Llegabas a casa y te disponías a “armar” tu investigación. Sacabas tu máquina de escribir “Olivetti” y escribías tecla a tecla, poniendo especial cuidado en no equivocarte, ya que tendrías que volver a empezar. Déjame adivinar, seguro estás pensando “¡Eso si era hacer una tarea!

Hoy las cosas son un poco diferentes. Los niños salen de clases, llegan corriendo a casa, van a clases vespertinas (música, karate, macramé, etc.) regresan y juegan un poco, se preparan para dormir y recuerdan que tenían tarea (mejor aún si es domingo a las 10 de la noche y necesitan una cartulina), entonces se levantan prenden la computadora, van directo a Google (Oh, San Google ¿Qué harían sin ti?), escriben el tema y dan Enter, lo que arroja cerca de 1,220,000 resultados en 0.70 segundos, abren el primer resultado, seleccionan, copian, pegan, imprimen ¡y listo!, tarea hecha.

Esto tiene como consecuencia que lo que a nosotros nos llevaba varias horas, ellos lo puedan hacer en una fracción de segundos, y es ahí donde comienza el debate, ¿Se aceptan o no tareas bajadas de Internet? ¿Leen o no leen lo que descargan? ¿Le deja algún aprendizaje? He tenido la oportunidad de plantearle estos interrogantes a diversos docentes de varias partes de México (país donde resido) y las respuestas han sido, en su gran mayoría, muy similares: “No aprenden”, “No leen”, “Esas tareas no las recibo”, “Por hacer eso, los alumnos están como están”, “Por eso, la educación no avanza”, entre otros comentarios.

Mi opinión está dividida: aunque creo que bajar o compartir información de Internet sin analizarla es un mal que aqueja las generaciones actuales, también creo que no podemos dejar atrás las nuevas tecnologías. El problema con esto es que pareciera que una gran mayoría de docentes nos resistimos a subirnos a ese tren, seguimos parados en la estación observando a los alumnos ir y venir, y a nosotros el tren está por dejarnos, si no es que ya lo hizo. Nos quejamos de las actitudes perezosas de los alumnos, pero los maestros cojeamos del mismo pie.

Hace unos días me topé en Facebook una publicación donde ofrecían las planeaciones de todo el ciclo escolar, por una “módica cuota simbólica” y lo que más me sorprendió, no fue que las ofrecieran, sino que las compraran.

Sé que la labor docente es sumamente pesada, que es muchísimo el trabajo que un profesor debe hacer, que no termina cuando salimos del aula y que cualquier apoyo es bienvenido, pero de eso a comprar el trabajo ya hecho, existe un mundo de diferencia. Y entonces, los maestros nos volvemos eso que tanto criticamos: “copiones”, “comodinos” y francamente holgazanes. ¿Si uso trabajo hecho por alguien más, puedo regañar al alumno que copia en el examen?

Y es aquí donde quiero invitarte a la reflexión. Creo que la profesión docente es una de las más importantes que existe; y aunque da muchas satisfacciones, también creo que este trabajo no es para cualquiera, ya que implica una gran vocación.

Por esto considero importantísimo el que seamos nosotros, los mismos educadores, quienes dignifiquemos la profesión, que nos volvamos a convertir en aquellos que no solo enseñan las virtudes, sino que las viven; que volvamos a amar nuestra profesión con la misma pasión, emoción, compromiso y humildad que teníamos al inicio. ¡Dejemos de ser hipócritas condenando algo en los alumnos y justificándolo en nosotros!

No trabajamos en una fábrica donde un producto defectuoso es regresado, trabajamos con almas y toda marca que dejemos en ellos, repercutirá en su futuro.

Estimado maestro, te entiendo, he pasado por donde tú estás, he sufrido lo que tú sufres y por eso te digo que tú, y solo TÚ puedes hacer el cambio para transformar la realidad educativa de tu país.

Si yo fuera mi propio alumno ¿Aceptaría mis trabajos?

Por: Manuel Francisco González Parra Corral

 

autor-gonzales

El autor es Pedagogo egresado de la Universidad Panamericana Campus Guadalajara. Tiene 15 años de experiencia frente a grupo en primaria, secundaria y bachillerato. Actualmente se desempeña como asesor pedagógico en Editorial Norma México. Colabora en diversos despachos de capacitación educativa y empresarial.

Deja un comentario