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Blog | La violencia en las escuelas

Recientemente noticias sobre estudiantes agrediendo maestros, estudiantes de edad preescolar agrediendo sexualmente a otros niños en las escuelas, e incidentes en los que se ocupan armas o drogas a estudiantes dan la impresión de que enfrentamos una epidemia. Nada más lejos de la verdad.

 

Es muy fácil ceder a la presión de la prensa y de inmediato adjudicar responsabilidades y decir que se incrementaron las medidas de seguridad. Esto es un engaño, es ceder a la noción de que la seguridad no es otra cosa que un estado de ánimo y que en la medida en que me sienta seguro, estoy seguro. Tampoco encontraremos la solución en el camino de los supuestos perfiles de los estudiantes violentos. Cada escuela en nuestro País recibe a cientos de estudiantes, quienes llegan con un bagaje distinto de experiencias, necesidades, motivaciones y expectativas. Cada uno de esos estudiantes enfrenta la realidad escolar de forma distinta, realiza ajustes de acuerdo con sus propias herramientas, y se adapta a base de la visión que desarrolla de la escuela a la que asiste. No existe un perfil común, no existe una conducta común, no existe una motivación común.

 

Sin embargo, nosotros los maestros y administradores tenemos que enfrentar la terrible realidad de que nuestra escuela o alguno de nuestros estudiantes hayan sido designados como blancos de violencia. Y la frase clave es que hayan sido designados. Los actos de violencia en las escuelas raras veces son actos impulsivos o súbitos. Alguien escogió la escuela para montar un punto de drogas, alguien identificó a un estudiante o profesor para ser víctima de un acto de agresión. Y aún cuando esta realidad nos asusta, también nos da la clave para prevenir la violencia en nuestras escuelas.

 

La palabra clave es prevención. Pero no podemos utilizarla con desconocimiento. La prevención no es el resultado de la vigilancia, es la conclusión de todo un proceso estructurado de análisis, identificación y acciones. La violencia no puede verse o tratarse como un riesgo aislado a todos los riesgos que enfrenta nuestra escuela y su comunidad. Es por eso que, de entrada, se requiere un análisis serio y completo de todos los riesgos y amenazas que enfrenta una escuela y su comunidad. Sólo comprendiendo la totalidad de la realidad de nuestra comunidad escolar podremos comenzar a desarrollar un plan de respuesta multiriesgo que nos provea una oportunidad seria de enfrentar todos esos problemas.

 

El manejo de una crisis, aunque necesario, no es otra cosa que una reacción ante una situación que se nos fue de las manos. Debemos distinguir que una emergencia no es una crisis. Una crisis es una situación de emergencia que no pudimos prevenir y no pudimos contener. La planificación adecuada impide que una situación de emergencia se convierta en una crisis, dándonos la oportunidad de prevenirla, y si ocurre, contenerla. La planificación efectiva también nos provee un espacio en el que podamos coincidir maestros, administradores, empleados, estudiantes y miembros de la comunidad. El así hacerlo nos permite incorporar recursos a nuestro esfuerzo en la comunidad escolar y nos facilita iniciar procesos de creación de conciencia, que ningún manual o publicidad puede igualar.

 

Es importante reconocer que las situaciones de emergencia se desarrollan mucho más rápido de lo que pensamos. Ante esa realidad tenemos dos opciones: (1) respondemos improvisando, ó (2) respondemos de manera ordenada, planificada y coordinada. Primero que todo, los maestros, administradores y todo el personal de una escuela deberían estar adiestrados y certificados por el Sistema de Comando de Incidente (Incident Command System) diseñado por el Departamento de Homeland Security y requisito para todo empleado de gobierno que en cualquier momento sea llamado a responder ante una emergencia. Por otro lado, toda escuela debería tener un plan de acción multiriesgo, y adiestrar a su personal sobre las acciones en respuesta que se requieren ante cada uno de esos riesgos. Claro está, que ese plan debe estar basado en el análisis de riesgos y amenazas que mencionamos antes.

 

Pero volviendo a la violencia, hay medidas que pueden comenzar a tomarse de inmediato. La primera es una política de cero tolerancia al abuso. Todo estudiante con un patrón de conducta de abuso contra sus iguales (BULLIE) debe ser detenido y debe hacérsele claro que su conducta tendrá serias consecuencias para él. Esta acción tiene varios efectos favorables. Primero, se comienza a modificar o por lo menos a controlar la conducta de un estudiante que en el futuro será agresivo. Segundo, se elimina la mentalidad de víctima en los estudiantes abusados o potencialmente abusados. Por último, se estrecha una relación de confianza entre los estudiantes y los adultos en la escuela. Este último efecto es importantísimo. Esa relación de los estudiantes con los adultos ayuda a romper el Código de Silencio entre los estudiantes. Como ya hemos discutido, que la gran mayoría de los actos de violencia no son impulsivos; el romper el Código de Silencio nos puede proveer un previo aviso de conducta violenta que está en planes.
 

 

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