Español y Literatura

2 May 2016

No hay mal que por bien no venga

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Por: Cecilia Rassi

“No quiero hacer cosas buenas. Quiero hacer grandes cosas.”
Lex Luthor

La historia no hubiera trascendido jamás en el tiempo si lo que había para contar era la visita de una niña a la casa de su abuela enferma. ¿Qué habría sido de la pobre Caperucita Roja si el lobo feroz no se hubiera cruzado en su camino? ¿Qué niño del siglo XXI hubiera escuchado alguna vez hablar de Blancanieves si no fuera por la envidia descomunal de la reina malvada? ¿De qué le habrían servido la fuerza y el ingenio sobrehumanos a los superhéroes del universo del cómic si no hubieran tenido enemigos de la talla de Lex Luthor o el Guasón?

Buenos y malos, ricos y pobres, justos y pecadores. Desde sus orígenes, la materia de los cuentos se organiza sobre la base de estas dicotomías fundantes. Dicho de otro modo, la lucha entre el bien y el mal es uno de los temas predilectos de la literatura de todos los tiempos. Y si está presente en la literatura, podemos asegurarlo: también lo está en el corazón humano.

En su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, el psicólogo y psiquiatra infantil Bruno Bettelheim se ocupó largamente de señalar la relevancia que estas historias adquieren en la formación moral y emocional de los niños. El trabajo a partir de personalidades estereotipadas y antagónicas que ofrece la literatura, en especial los cuentos maravillosos, le permite al niño asimilar cuestiones relacionadas con el origen de los sentimientos y las emociones y acceder así a un sentido más profundo sobre la vida. Es que en última instancia estas historias otorgan la posibilidad de estructurar su propia visión sobre las cosas, aprender sobre los problemas internos y las soluciones correctas, comprenderse a sí mismo y a la sociedad en la que vive; en definitiva “poner en orden su casa interior”.

Desde otro tipo de acercamiento a la cuestión es bien conocido entre críticos y estudiosos el análisis estructural de los cuentos maravillosos que propone Vladimir Propp, para quien la aparición de la figura arquetípica del oponente es un elemento determinante del relato, nada menos que una de las piezas fundamentales que permiten el avance de la trama, la que habilita el abandono de la cómoda situación inicial para apurar los pasos sobre la zona del conflicto. Ciertas funciones clave de estas historias son patrimonio exclusivo de los antagonistas, verdaderos resortes que determinan los movimientos del héroe.

Si habita en la literatura, habita en el corazón humano, sosteníamos al comienzo de estas líneas. Superados los estrictos lineamientos del formalismo ruso y la adhesión por parte de la crítica a los análisis de este tipo, lo que resulta de mayor interés a los efectos de apoyar nuestra hipótesis, es la teoría que el mismo autor expone en Las raíces históricas del cuento donde sostiene que el núcleo más antiguo de las cuentos maravillosos deriva de los rituales de iniciación usados en las sociedades primitivas. Lo que los cuentos han resignificado y vuelto materia literaria es lo que sucedía exactamente de este otro lado de la ficción: alcanzada cierta edad, los niños eran separados de sus familias y abandonados en el bosque (como Pulgarcito, como Hansel y Gretel, como Blancanieves) donde los brujos de la tribu, cubiertos con horribles ropas y máscaras, los sometían a difíciles pruebas (como aquellas que deben sortear los héroes de nuestras historias), con frecuencia mortales.

En la estructura de la fábula se repite la estructura del rito. Y precisamente a partir de esta observación Propp, entre otros, deduce que la fábula cobra vida y empieza a circular como tal cuando el antiguo rito ha caído, dejando solamente la historia. Una historia oral en sus orígenes librada posteriormente a un proceso bien conocido ya: el de las sucesivas transformaciones, adaptaciones, actualizaciones que dan origen a las distintas versiones.

Y entonces también: un arco infinito e invisible (del orden de un “inconsciente colectivo”) cuyos extremos conectan ese punto inicial con el lector contemporáneo, niño o adulto, eternamente seducido por esas historias. “La identificación entre el pequeño oyente –concluye Gianni Rodari leyendo a Propp- y el Pulgarcito de la fábula que su madre narra (…) no tiene solo una justificación psicológica: tiene otra, mucho más profunda, enraizada en la oscuridad de la sangre.”


“No quiero hacer cosas buenas. Quiero hacer grandes cosas”
. Cualquier villano podría hacer suyas estas palabras de Lex Luthor. Y cualquiera de nosotros podría defender sin esfuerzos la idea de que una de las cosas más grandes alcanzadas por los villanos es la conquista del tiempo mismo, la trascendencia de generación en generación de las historias que coprotagonizaron.

Caperucita podrá deberle su efímera vida al atento leñador, pero le debe la vida eterna al mismísimo lobo feroz.

Bibliografía:
Bettelheim, Bruno. Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona, Crítica, 1999
Propp, Vladimir. Morfología del cuento. Madrid, Fundamentos, 1974
Propp, Vladimir. Las raíces históricas del cuento. Madrid, Fundamentos, 1987
Rodari, Gianni. Gramática de la fantasía. Buenos Aires, Colihue, 2009
Soriano, Marc. “Perrault” en La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas, Buenos Aires, Colihue, 1995

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