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Llamando a los innovadores - Tony Wagner
12 Sep 2017

Llamando a los innovadores

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Tony Wagner*

Nuestros estudiantes quieren cambiar el mundo. Y para brindarles las habilidades que necesitan, las escuelas deben enfocarse en cinco prácticas esenciales.

En los últimos años he explorado la cuestión de cómo las escuelas en Estados Unidos podrían educar a sus jóvenes para hacer de ellos personas innovadoras. Me he entrevistado con ingenieros, científicos, artistas y empresarios jóvenes y altamente innovadores, y además he estudiado las influencias familiares y educativas que, según me dijeron, fueron las más importantes durante su desarrollo.

Encontré que muchos jóvenes pertenecientes a esta generación millenial sienten un fuerte deseo de trabajar significativamente y hacer la diferencia. Pero también descubrí que incluso aquellos que han asistido a las escuelas y universidades más prestigiosas se han convertido en innovadores a pesar de su escolaridad, no gracias a ella. Conseguir que, al graduarse, todos los estudiantes estén preparados para la educación superior es el nuevo mantra de actores políticos y educadores por igual, pero la realidad es que la mayoría de las escuelas e instituciones educativas de perfil alto no preparan a sus estudiantes para que se conviertan en innovadores.

 

Educación para la innovación: cinco puntos esenciales

A pesar de este panorama sombrío, algunas instituciones de secundaria, universidades y escuelas de posgrado están llevando a cabo una destacada labor educando a jóvenes para que se conviertan en innovadores: lugares como High Tech High en San Diego, California, las más de ochenta escuelas secundarias en 16 estados pertenecientes a la New Tech Network, la Universidad Olin en Needham, Massachusetts, el Instituto de Diseño de la Universidad de Stanford y el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts. La cultura de aprendizaje en los programas altamente exitosos y populares de estas instituciones está en total desacuerdo con la cultura educativa en la mayoría de salones de clases. He aquí cinco diferencias esenciales.

 

  1. Colaboración versus logro individual

 La educación convencional celebra y premia el logro individual, pero ofrece pocas oportunidades significativas para la colaboración genuina. Los estudiantes son clasificados y agrupados de acuerdo con sus logros a partir de exámenes y calificaciones. La colaboración seria y prolongada no es una expectativa real, ni para los estudiantes ni para la academia.

No ocurre lo mismo en los programas mencionados anteriormente, en los que se entiende que la colaboración es esencial para la innovación. Cada clase requiere trabajo en equipo, y aprender a colaborar es uno de los resultados más valorados. Por ejemplo, en el High Tech High, uno de los requisitos de grado noveno es que los estudiantes desarrollen, por equipos, un concepto de negocio: imaginar un nuevo producto o servicio, diseñar un plan de negocios y mercadeo y elaborar un presupuesto. Posteriormente, los equipos deben presentar sus planes ante un panel de líderes que son invitados por la escuela para evaluar los proyectos. Además, los estudiantes de último año deben desarrollar un proyecto de servicio comunitario como requisito de grado.

 

  1. Aprendizaje multidisciplinario versus especialización

 La especialización siempre jugará un papel importante, y el aprendizaje en sí mismo tiene un enorme valor. Sin embargo, la innovación requiere saber cómo aplicar un enfoque interdisciplinario a la solución de un problema o a la creación de algo nuevo. Judy Gilbert, directora de talento de Google, me dijo que aprender a resolver problemas cruzando los límites disciplinarios es uno de los aspectos más importantes que las escuelas pueden enseñar a sus estudiantes con el fin de prepararlos para trabajar en compañías como la que ella representa.

Las escuelas secundarias y universidades que crean una cultura de innovación lo saben, por lo que la mayor parte de sus cursos se enfocan en responder a una pregunta o solucionar un problema mediante el uso de múltiples disciplinas académicas. En la Universidad Olin, la mitad de los estudiantes crea sus propias especialidades. Una estudiante de último año a la que entrevisté tenía un profundo interés por la historia de las ciudades y el reto de la sostenibilidad ambiental. Ella desarrolló una especialidad interdisciplinaria que combinaba enfoques humanistas, de ingeniería y ecológicos para abordar el problema de cómo crear ciudades sostenibles.

 

  1. Ensayo y error versus evasión de riesgo

A las compañías más innovadoras les encanta el riesgo. El lema de IDEO (firma de consultoría y diseño que es constantemente reconocida como una de las compañías más innovadoras del mundo) es “fracasa pronto y con frecuencia”. La mayoría de clases en la escuela y la universidad castigan el fracaso y, en consecuencia, desaniman a los estudiantes a tomar riesgos intelectuales. En contraste, las escuelas con cultura de innovación enseñan a los estudiantes a considerar el ensayo y el error —y el fracaso— como parte integral del proceso de resolución de problemas.

Otro estudiante de la Universidad Olin me dijo: “Aquí, nosotros no hablamos de fracaso. Nosotros hablamos de repetición”. Con frecuencia, los estudiantes de Olin se interesan por un problema específico y le buscan una posible solución en clase; luego completan una especie de prototipo o versión 1.0 como proyecto para el curso; después continúan estudiando el problema y desarrollando el proyecto en las clases siguientes, recibiendo retroalimentación constante por parte de sus compañeros y profesores.

 

  1. Crear versus consumir

En la mayoría de clases de secundaria y universidad, los estudiantes adquieren conocimiento de forma pasiva: escuchando clases magistrales. Pero en las instituciones con cultura de innovación el objetivo principal es adquirir conocimiento y desarrollar habilidades mientras se resuelve un problema, se crea un producto, o se generan nuevas formas de entenderlo. Los estudiantes son creadores, no simples consumidores. Adquieren conocimiento a medida que lo van necesitando, es decir, como un medio para un fin.

La variedad de proyectos que encontré en dichas instituciones fue asombrosa. Por ejemplo, en High Tech High, entrevisté a una joven que había creado un currículo de primaria para enseñar ecología de la Bahía de San Diego. En Olin, hablé con un grupo de diez estudiantes que diseñaron y construyeron una réplica a control remoto de un velero para una competencia internacional. En el proceso aprendieron bastante sobre ingeniería eléctrica, ingeniería mecánica, ciencias de la computación, condiciones meteorológicas y estrategias de navegación.

 

  1. Motivación intrínseca versus motivación extrínseca

Las clases académicas convencionales se basan en incentivos extrínsecos como motivadores del aprendizaje. Muchos profesores pueden defender el valor del aprendizaje en sí mismo; sin embargo, se apoyan permanentemente en incentivos tradicionales para asegurar que sus estudiantes vayan a clase y aprendan.

Tal vez el hallazgo más importante de mi investigación es que los jóvenes innovadores no se sienten motivados principalmente por incentivos extrínsecos. Incluso aquellos que vienen de familias de bajos recursos se sienten motivados intrínsecamente. Como consecuencia, los programas que hacen un mejor trabajo educando a jóvenes innovadores se enfocan en las motivaciones intrínsecas para aprender, mediante una combinación de juego, pasión y propósito: el aprendizaje lúdico basado en el descubrimiento lleva a los jóvenes a encontrar y seguir su pasión, que con el tiempo adquirirá un sentido más profundo de propósito.

 

Perfil de una docente innovadora

 Intel Science Talent Search es la competencia científica más antigua y prestigiosa de Estados Unidos, en la que participan estudiantes de últimos años de secundaria, y que otorga anualmente más de 1.25 millones de dólares en premios y becas. Amanda Alonzo, profesora de ciencias de la escuela Lynbrook en San José, California, ha sido mentora de dos finalistas y diez semifinalistas del Premio de Ciencias durante los dos últimos años, más que cualquier otro docente de institución pública en el país. ¿Cuál es su secreto? Aplica los cinco elementos esenciales para crear una cultura de innovación en su Club Intel, que se lleva a cabo en horas extraescolares y no forma parte del currículo académico.

Allí, sus estudiantes trabajan en parejas para desarrollar y pulir los conceptos de sus proyectos de investigación. Es vital que los proyectos tengan un enfoque multidisciplinar y que tengan como resultado productos útiles. Por ejemplo, una de sus estudiantes trabaja en una aplicación que, mediante la cámara de un teléfono inteligente, monitorea el movimiento ocular y detecta si es seguro que una persona que ha bebido alcohol conduzca. Para desarrollar esta aplicación, es preciso conocer el proceso fisiológico de la visión y la física de la luz, además de tener nociones de ingeniería y programación informática. Para presentar el proyecto son necesarias habilidades orales, gráficas y de escritura; determinar la relevancia social del producto exige conocimientos en ciencias sociales, así como pensamiento lógico.

Amanda también reconoce la importancia de permitir que los estudiantes se apropien de sus conocimientos, y de hacer que el trabajo sea divertido para que se sientan motivados y continúen a pesar de los fracasos. En sus palabras: “Una de las lecciones más importantes que debo enseñar es que cuando fallamos, aprendemos. Entonces les muestro ejemplos de otros científicos que no han obtenido resultados en un momento dado”.

Amanda considera que los estudiantes del club aprenden mucho más de ciencias que los que asisten a las clases regulares, en las que ella debe cubrir el contenido exigido para las pruebas estatales a un ritmo que deja poco tiempo para la indagación, la exploración y el descubrimiento. De hecho, se ha negado a impartir cursos de nivelación, pues cree que están demasiado enfocados en los contenidos curriculares. Como ella misma explica: “En las materias que debo enseñar es un requisito centrarse en los estándares estatales, que a su vez se basan en conocimiento de contenidos. Los estudiantes deben saber que las mitocondrias producen energía. En cambio, en los seminarios que no forman parte del currículo académico, los preparo para la competencia presentándoles el método científico y los  guío para que descubran que las mitocondrias producen energía, así como para que formulen preguntas pertinentes, resuelvan problemas y propongan soluciones innovadoras.

Luego de que los estudiantes de su clase de biología presentan el examen estatal, Amanda los motiva para que desarrollen una propuesta de investigación acerca de un tema de su interés y lo presenten a sus compañeros. La profesora agrega: “Muchos de ellos continúan desarrollando sus ideas y realizan sus propios experimentos, mientras que otros se unen al club en otoño”.

 

Creando escuelas orientadas a la innovación

Con el fin de motivar a los estudiantes de hoy y prepararlos para un mundo que necesita innovación, los educadores deben enfocarse, de manera mucho más intencional, a diseñar culturas que promuevan las habilidades relevantes a la hora de innovar. Pero no podemos encomendar solamente a docentes y sistemas escolares que lo hagan. El ambiente educativo ha de inspirarlos y estimularlos.

Los actores políticos deben promover el desarrollo de formas de evaluación más auténticas y basadas en desempeños, como es el caso de los portafolios digitales que registran, desde primer grado, el dominio progresivo de las habilidades requeridas para la innovación. Las escuelas deben facilitar un desarrollo profesional que permita a los docentes crear cursos prácticos, basados en proyectos e interdisciplinarios. Los distritos y estados más grandes deben seleccionar instituciones pioneras para esta nueva aproximación a la enseñanza, el currículo y la evaluación. Conforme vayan surgiendo más modelos transparentes de éxito, los escépticos tendrán una mejor comprensión de lo que se necesita y, además, de lo que es posible hacer para contribuir a un mundo mejor, creando así una mayor demanda de innovación en la escuela.

La profesión educativa ha tenido, tradicionalmente, aversión al riesgo, y los sistemas actuales de rendición de cuentas, punitivos, han exacerbado dicha tendencia. ¿Tendremos el valor y el sentido de urgencia necesarios para romper radicalmente con el pasado y crear instituciones que tengan la cultura de innovación que nuestros estudiantes quieren y nuestras economías necesitan? ¿Pueden muchos más educadores convertirse en innovadores? ¿Podemos trabajar juntos para asegurarnos de que, cuando se gradúen de la enseñanza secundaria, nuestros estudiantes estén preparados para la innovación?

 

* Becario de enseñanza para la educación del Centro de Tecnología y Emprendimiento de la Universidad de Harvard. Es autor de seis libros sobre educación: The Global Achievement Gap, Most Likely to Succeed, Creating Innovators, Change Leadership, Making the Grade y How Schools Change.             

 

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