Español y Literatura

5 Ago 2016

La ortografía en el ingreso a la Universidad: ¿una asignatura pendiente?

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La ortografía en el ingreso a la Universidad: ¿una asignatura pendiente?

 

El ingreso a la Universidad evidencia una de las dificultades más evidentes en los estudiantes: la falta de habilidades para una correcta producción escrita y por ende, su falta de ortografía. ¿Qué se puede hacer entonces?

Año a año, los docentes universitarios constatamos, con pesar, que una gran parte de nuestros estudiantes manifiestan serias dificultades en todos los niveles de su producción escrita. Este déficit se extiende a los aspectos más básicos y elementales, como la corrección ortográfica. Dado que se espera que el conocimiento ortográfico se incorpore ya desde la educación primaria, al mismo tiempo que enunciamos (aun con horror) el duro diagnóstico, solemos declarar la imposibilidad de reparar lo que en tantos años de escolaridad no se ha adquirido, y renunciamos a ocuparnos de la enseñanza de estos contenidos, tanto más si la asignatura que impartimos no se vincula con conocimientos lingüísticos. Pensamos que, o bien la tarea excede nuestra responsabilidad, o bien ya es tarde para encararla.

Detengámonos brevemente en estas dos afirmaciones. Es cierto que, como docentes universitarios, no hemos sido convocados –en la mayor parte de los casos– para enseñar a escribir; sin embargo, los estudiantes se enfrentan continuamente con el desafío de expresarse correctamente por escrito y deberán seguir haciéndolo durante su vida profesional. Expresarse como universitarios, y luego como profesionales, forma parte del aprendizaje que deben realizar en la Universidad.[1]

¿Es tarde para enseñar a escribir correctamente? Es difícil de saber si no lo intentamos. Las razones por las que nuestros alumnos llegan al nivel universitario sin haber incorporado las habilidades necesarias para organizar un buen escrito son diversas, y podemos sorprendernos por la cantidad de descubrimientos acerca de las prácticas lingüísticas que muchos jóvenes llegan a hacer en poco tiempo si se les ofrece una orientación adecuada.

Vale la pena, entonces, acompañarlos en su formación como estudiantes y profesionales también en el desarrollo de su competencia escrita, especialmente en la etapa del ingreso a la Universidad. Entre los conocimientos y las habilidades que integran este tipo de competencia, focalizaremos, a continuación, los vinculados a la corrección ortográfica.

Algunos acuerdos previos

Detengámonos, en primer lugar, en algunas cuestiones en las que deberíamos acordar como puntos de partida a la hora de evaluar la ortografía de un texto.

  1. Un texto bien escrito es mucho más que un texto escrito con una ortografía correcta.

La corrección ortográfica es solo una de las propiedades de los textos (y, por cierto, una de las más superficiales).[2] Sin embargo, además de ser uno de los requisitos de un texto bien escrito, cumple algunas funciones en relación con otras propiedades textuales más “profundas”, como la cohesión y la coherencia. En casos extremos, además, la inadecuación ortográfica puede dificultar enormemente la lectura. Veremos a continuación que la corrección ortográfica requiere competencias bastante más complejas de lo que solemos considerar.

  1. La escritura no es una mera representación de la oralidad.

En el clásico Curso de lingüística general, Ferdinand de Saussure asignaba a la escritura la única función de representar la lengua hablada, que constituiría el genuino objeto de la lingüística.[3] Esta concepción dominó el campo lingüístico durante décadas y aún está vigente en el sentido común de los hablantes. Sin embargo, las gramáticas recientes tienden a otorgarle relativa autonomía al código escrito: esto significa que tanto el código oral como el escrito vehiculan la misma lengua, cada uno mediante sus propias reglas.[4] Así como diversos elementos del código oral (como la velocidad de la emisión, los cambios de ritmo, o ciertas pausas o inflexiones expresivas) carecen de equivalencia en el código escrito, existen recursos gráficos sin equivalencia en la oralidad (como la separación de palabras mediante espacios en blanco o la oposición entre letras minúsculas y mayúsculas). La escritura no es, entonces, la mera reproducción del discurso oral mediante instrucciones o reglas de transcripción, sino un código distinto que requiere un aprendizaje específico.

  1. La ortografía es siempre ortografía de una lengua.

No existe algo así como una ortografía universal. Cada lengua tiene sus propias convenciones –que no son necesarias, sino arbitrarias–, de modo que la representación de los elementos fónicos varía mucho de escritura a escritura. El fonema que en español representa la ñ, por ejemplo, se escribe ny en catalán, gn en francés y nh en portugués. El punto y coma, que en español representa una pausa, es un signo de interrogación en griego. Aunque parezca una obviedad, es importante tener presente esta constatación cuando evaluamos textos de estudiantes cuya lengua materna no es la nuestra: los errores de ortografía pueden deberse, en muchos casos, a interferencias con la lengua materna que convendrá hacer conscientes para intentar evitarlas.

 

  1. La ortografía es un sistema de sistemas.

La ortografía, más que un sistema, es un sistema de sistemas.[5] El uso correcto de las letras o grafemas es solo uno de ellos: la ortografía literal; la tildación, por su parte, forma parte de la ortografía acentual (que incluye también la diéresis). Pero los sistemas de escritura tienen otros componentes para los cuales también hay convenciones de uso: la puntuación, los signos auxiliares, los espacios en blanco, las minúsculas y mayúsculas, las abreviaciones y los símbolos, y el uso de variables tipográficas (como la cursiva o itálica).

  1. La ortografía se vincula con todos los niveles de la lengua.

Es cierto que la principal función de la ortografía es la fonológica: la letra a representa al fonema /a/, así como la tilde representa el acento de intensidad y los signos de interrogación, la entonación interrogativa. Pero la ortografía cumple muchas otras funciones que recorren prácticamente todos los niveles de la lengua.

En el plano morfológico, la ortografía puede distinguir clases de palabras. Así, la oposición entre minúsculas y mayúsculas permite reconocer clases de sustantivos (comunes o propios, respectivamente); la tilde diacrítica distingue homófonos que pertenecen a distintas clases ( y te; y se, por ejemplo).

En el plano sintáctico, la puntuación señala, entre otros aspectos, la separación de oraciones (con punto) o de suboraciones (con coma o punto y coma), así como la mayúscula se usa para indicar el comienzo de una oración. La tilde diacrítica puede identificar encabezadores de distintos tipos de subordinadas (quien y quién).

En el plano semántico, la puntuación reduce la ambigüedad. Existen numerosos ejemplos de oraciones cuyo significado varía según el lugar donde se ubiquen los signos de puntuación.[6] Así, si recibiéramos un mensaje como el siguiente, probablemente no sabríamos qué día asistir a la cita: Nos vemos el próximo martes no el otro.

El encuentro podrá concretarse, en cambio, gracias a una coma ubicada en el lugar adecuado:

Nos vemos el próximo martes no, el otro. / Nos vemos el próximo martes, no el otro.

 – En el plano léxico, la ortografía literal puede distinguir homófonos (echo y hecho, o arroyo y arrollo, por ejemplo).

 En el plano textual, la puntuación favorece la cohesión de un texto (por ejemplo, cuando se selecciona el punto y coma en lugar del punto para relacionar más estrechamente dos oraciones), así como su coherencia, con la división en párrafos que organiza el punto y aparte.

 En el plano pragmático, el uso de las comillas o de la variable itálica, por ejemplo, habilita al enunciador a comentar su propio texto o un texto que cita. Por otra parte, la organización en oraciones y párrafos se orienta al lector y facilita la lectura.

¿Cómo trabajar la ortografía con los estudiantes?

La escritura, se sabe, es un proceso; comienza por la planificación, a la que le sigue una serie de escrituras, revisiones, replanificaciones y reescrituras, hasta alcanzar el resultado final. Como docentes, aun cuando enseñemos estos conceptos, habitualmente evaluamos el trabajo final, y no tenemos acceso a las instancias intermedias, es decir, a los borradores. Esto desdibuja las etapas del proceso: los alumnos no diferencian la escritura de la revisión, no realizan las revisiones suficientes o con la distancia necesaria, y no cuentan con una mirada experta que los ayude en la corrección del escrito.

La tematización del proceso de escritura en el marco del curso puede contribuir a que los alumnos tomen conciencia de que los escritos requieren un trabajo sistemático y en etapas, que es necesario planificar lo que se escribe y revisar los escritos varias veces (y con diferentes propósitos) antes de entregarlos. Existen varios recursos para llevar adelante este objetivo.

  1. Sugerirles a los estudiantes que empleen el corrector ortográfico del procesador de textos antes de hacer una entrega, tomando los recaudos necesarios: se debe recordar que se trata de una corrección automática que no da cuenta de todos los casos posibles de errores ortográficos (su diccionario es acotado, no puede diferenciar homófonos ni reconocer el contexto de aparición de los términos). No se trata de confiar ciegamente en la herramienta, sino de utilizarla como ayudante para detectar posibles errores.
  2. Organizar una lista de verificación con cuestiones problemáticas para que los alumnos hagan una última revisión del texto atendiendo a esos ítems. Por ejemplo, un error común es colocar coma entre el sujeto y el predicado, o entre el verbo y el complemento; este debería ser uno de los ítems de la lista.
  3. Proponerles a los alumnos que elaboren un diccionario personalizado con las palabras cuya ortografía les cuesta recordar. Esto les exigirá estar atentos a los errores que cometen recurrentemente para consignar la escritura correcta del término.
  4. Solicitar una preentrega obligatoria del texto, que no lleve calificación, pero que le permita al docente evaluar la dirección del escrito y orientar al estudiante en las cuestiones que debe atender para mejorarlo. Si el docente observa un descuido en la ortografía, podrá llamar la atención del autor y recomendarle que revise especialmente ese aspecto antes de la entrega final.
  5. Proponer la revisión entre pares. Algunos cursos son demasiado numerosos para que el docente pueda leer los borradores de todos. En esos casos, el docente podrá seleccionar una muestra para la revisión, y pedirles a los demás que intercambien su texto con un compañero. Normalmente, se detectan más fácilmente los errores en el texto de otro autor, que se lee por primera vez.

En todos los casos, se trata de que los estudiantes tomen conciencia de que los escritos tienen un destinatario con el que ellos, como autores, comparten un código, que es necesario emplear para poder comunicar en forma exitosa lo que desean. A pesar de los numerosos juegos lingüísticos o relatos anecdóticos que pretenden afirmar lo contrario, es dudoso que la ortografía salve vidas;[7] sin embargo, favorece la comunicación en todos los planos y hace mucho más placentera la lectura de los textos. Ayudar a los estudiantes en ese recorrido –especialmente en la instancia del ingreso a la Universidad– contribuirá, en mayor o menor medida, a subrayar la necesidad de cuidar la expresión no solo en el ámbito académico, sino en todas las situaciones comunicativas.


 

[1] Paula Carlino emplea la expresión alfabetización académica para referirse a este proceso. Vèase Escribir, leer y aprender en la Universidad. Una introducción a la alfabetización académica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 14.

[2] Daniel Cassany sintetiza claramente las propiedades de los textos escritos en “¿Qué es el código escrito?”, en Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir, Buenos Aires, Paidós, 1989, p. 27 y ss.

[3] “Lengua y escritura son dos sistemas de signos distintos; la única razón de ser del segundo es la de representar al primero; el objeto lingüístico no queda definido por la combinación de la palabra escrita y la palabra hablada; esta última es la que constituye por sí sola el objeto de la lingüística”. (Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 1945, p. 72).

[4] Cassany menciona, al respecto, el modelo equipolente, elaborado por el Círculo Lingüístico de Praga (op. cit., p. 43). En consonancia con este modelo, una de las definiciones que ofrece la última edición de la Ortografía de la lengua española –publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española en 2010–, la ortografía es “un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica que, aun hallándose en relación estrecha con los sistemas de lengua oral, poseen autonomía” (“Presentación”, p. xxxix).

[5] Al respecto, puede consultarse la “Introducción” a la Ortografía de la lengua española de la Real Academia Española, p. 11.

[6] En todo lo referido a la puntuación –y en especial para reconocer su potencial desambiguador–, es muy recomendable la lectura de José Antonio Millán, Perdón, imposible. Guía para una puntuación más rica y consciente, Buenos Aires, Nuevo Extremo, 2005.

[7] El título del libro de José Antonio Millán se origina, precisamente, en una anécdota atribuida a Carlos V, según la cual el monarca le habría salvado la vida un reo cambiando una coma de lugar.

 

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