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Aprender a aprender: una propuesta de aprendizaje estratégico para el salón de clase
12 Sep 2017

Una propuesta de aprendizaje estratégico para el salón de clase

«Antes de enseñar algo a alguien, es necesario al menos conocerlo. ¿Quién se presenta hoy en la escuela, en el colegio…?» dice Michel Serres al comienzo de su libro Pulgarcita. De las respuestas que da a esta pregunta, destacamos dos aspectos. Primero, los estudiantes a los que nos dirigimos conocen de otro modo, porque llevan parte de la cabeza en el bolsillo: parte de su memoria y de su razonamiento se encuentran en los computadores, los celulares y las tabletas que cargan entre su bolsillo o su maleta. Segundo, estos estudiantes quieren ser conductores activos y no pasajeros que solo esperan ser conducidos por otros en la autopista del conocimiento. Su relación con el aprendizaje es activa, no pasiva.

Para completar el panorama, Zygmunt Bauman plantea que un reto de la educación frente a la inmensa cantidad de información de la que disponemos es asignar importancia a las diversas porciones de información y, más aún, asignar a algunas más importancia que a otras. Es decir, formar el criterio de los estudiantes para que manejen adecuadamente el exceso de información existente.

¿De qué manera práctica y eficaz podemos responder a esta situación en los salones de clase? No es suficiente darles saberes a los estudiantes. Hay que enseñarles a aprender por su cuenta. Es necesario orientarlos para que sean capaces de aprender a aprender.

Para que este propósito pueda cumplirse realmente y no se quede en buenas intenciones, proponemos tres ámbitos de trabajo, aplicables en todas las áreas del currículo:

  1. Vocabulario académico básico. A muchos estudiantes se les dificulta la comprensión de textos académicos, porque no manejan el vocabulario o confunden el significado académico con el significado coloquial de algunos términos. Este ámbito de trabajo busca atender esta dificultad, familiarizando a los estudiantes con una selección de términos propios de las áreas del conocimiento que se encontrarán a lo largo de su vida académica. Por ejemplo, términos como sistema, sustancia, longitud, inferencia, proceso….

¿Cómo trabajar el vocabulario académico básico en el salón de clases? Robert Marzano y Debra Pickering (Building Academic Vocabulary. Teacher’s Manual, ASCD, Alexandria, 2006) explican que no consiste solamente en elaborar un glosario a partir del diccionario. Se trata de darles múltiples oportunidades a los estudiantes a lo largo del año, para que descubran el significado y logren una comprensión profunda de estos términos mediante su uso y su aplicación. Proponen hacer una lista de términos para cada grado y trabajarlos durante el año con estos seis pasos:

  1. Ofrecer una descripción, explicación o ejemplo del nuevo término. Mejor si no es una definición de diccionario.
  2. Pedirles a los alumnos que presenten una descripción, explicación o ejemplo con sus palabras.
  3. Pedirles a los estudiantes que elaboren una imagen, símbolo o representación gráfica del término.
  4. Proponer actividades periódicas en los cuadernos que ayuden a sus estudiantes a ampliar el conocimiento de los términos.
  5. Pedirles a los estudiantes periódicamente que discutan sobre los términos unos con otros.
  6. Proponer juegos periódicamente que les permitan a los estudiantes usar los términos.

 

  1. Actividades para comprender a través del diálogo con los textos. La lectura de textos (en libros, páginas web, medios de comunicación, lugares públicos, etc.) es una de las estrategias más frecuentes de aprendizaje autónomo. Pero para que sea eficaz, es necesario que esta lectura sea consciente y comprensiva. Una diferencia fundamental entre los lectores expertos y los novatos es que los primeros van haciéndose preguntas y reflexiones mentales mientras leen. Establecen un diálogo con los textos. Emilio Sánchez Miguel (Comprensión y redacción de textos, Edebé, Madrid, 1998) explica que, por ejemplo, van construyendo relaciones, elaborando la estructura implícita o explícita del texto y, sobre todo, van monitoreando si están comprendiendo lo que leen. En cambio, los lectores novatos no se hacen estas preguntas.

¿Cómo trabajar el diálogo con los textos en el salón de clases? Hay dos estrategias:

  1. Proponerles actividades o hacerles preguntas a los estudiantes al finalizar los párrafos (para no fragmentar el sentido) con estos propósitos:

– Para recapitular lo más importante.

– Para relacionar lo leído con realidades particulares (pedirles que den ejemplos, que expliquen una situación usando lo aprendido, darles ejemplos para que los relacionen con conceptos explicados…).

– Para evidenciar lo que va entendiéndose (parafrasear, decir con las propias palabras, explicar a otro…).

– Para relacionar datos que se encuentran en diferentes lugares del texto.

– Para inferir el significado de términos o expresiones.

 

Estas preguntas no tienen el propósito de evaluar al estudiante. Sirven para facilitar la comprensión y habituar al estudiante a que se las formule él mismo. Por eso, es necesario que el estudiante cuente con la respuesta, como una forma de retroalimentación inmediata en su proceso metacognitivo.

 

  1. Pedirles al estudiante que verbalice en voz alta las preguntas, las dudas y las conclusiones que le van surgiendo mientras lee. En particular, qué va entendiendo y qué no. Esta actividad debe hacerse al comienzo con la asistencia del profesor o de otro adulto que le ayude al estudiante a aclarar sus dudas y, si viene al caso, detecte problemas de comprensión. La clave es que el adulto no dé respuestas a las preguntas del estudiante sino, que lo oriente para encontrarlas. Luego, el estudiante debe seguir haciendo las preguntas en voz alta sin la asistencia del adulto. Por último, lo hará mentalmente.

 

  1. Herramientas para aprender. Desde que Joseph Novak y Bob Gowin usaron la expresión «Learning how to learn» para introducir el manejo de mapas conceptuales en la enseñanza, muchos autores en distintos momentos y desde diferentes perspectivas se han referido a la necesidad de desarrollar en los estudiantes capacidades para gestionar sus propios aprendizajes. Por ejemplo, Richard Mayer (Learning and Instruction, Meril Prentice Hall, Columbus, 2003) habla de “enseñar guiando los procesos cognitivos”; Juan Ignacio Pozo y Carles Monereo (El aprendizaje estratégico, Santillana, Madrid, 2002) se refieren a “enseñar a aprender desde el currículo”; y Robert Marzano, Debra Pickering y Jane Pollock (Classroom Instruction that Works, ASCD, Virginia, 2001) proponen ocho estrategias basadas en la investigación para mejorar el desempeño de los estudiantes. Todos comparten una preocupación: ofrecerles a los estudiantes estrategias, técnicas y métodos para que aprendan los contenidos que estudian en primaria y en secundaria. Es decir, herramientas para aprender.

¿Cómo trabajar herramientas para aprender en el salón de clases?

Para que la enseñanza de estas herramientas sea eficaz, han de cumplirse dos condiciones: primero, integrarlas a las áreas del currículo. Es decir, su enseñanza debe realizarse en conjunto con los contenidos curriculares y no como un programa aislado. Segundo, aprenderlas mediante la aplicación y el uso.

Algunas habilidades de aprendizaje comunes a varias áreas son: comparar, clasificar, parafrasear un texto, describir un proceso, describir un elemento, diferenciar hechos, datos y opiniones, elaborar organizadores gráficos, resumir y formular preguntas.

Si trabajamos de forma permanente y consistente en estos tres ámbitos –el vocabulario académico básico, las actividades para comprender en diálogo con el texto y las herramientas para aprender– nuestros estudiantes estarán debidamente preparados para aprender a aprender.

 

José Tomás Henao
Director Editorial

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